Hoy pasé frente a su casa. Aunque algunas veces paso por ese sector nunca tengo la necesidad de pasar frente a su casa -hoy me di cuenta que tampoco quería hacerlo- sin embargo por un desvío en la vía principal tuve que hacerlo. Y ahora llego a casa y me siento a escribir esto porque necesito disculparme, exculparme, y cuando uno necesita disculparse pero la otra persona no quiere escucharte –que es nuestro caso- no queda mucho por hacer, excepto escribir,. Escribirlo todo y lanzarlo acá, como si del universo se tratara, para que quede flotando y quizá algún día Juan se tropiece con él.
Lamento que sea hoy, y bajo estas circunstancias -donde lo único remanente de lo que pasó hace seis años somos tu y yo, cada uno por su lado- que te diga esto. Creeme, me hubiese gustado que fuese de una manera diferente, pero necesito que sepas la verdad.
Y la verdad es que nuestra historia se remonta mucho tiempo antes de cuando comenzó para ti. Eso lo sé, porque no recuerdas, o eso me dijiste al menos, aquel día en primer año cuando me senté a tu lado y comencé a hablar contigo. El salón era grande, dos grandes bloques de asientos divididos por un pasillo amplio que iba desde lo más alto del lugar hasta el pizarrón. Yo, estaba sentada en la segunda fila a la izquierda, sola, y como química no solo me aburrió ese día sino también comenzó a hacerse inentendible me puse a mirar a mí alrededor, estaba buscando a otra persona pero me tropecé contigo, sentado, solo, en la segunda fila a la derecha. Nunca te había visto. Pero allí estabas, con un cuaderno forrado con fotos de diferentes grupos de rock, sobre el que garabateabas algo y tus converse azules. Fue entonces cuando me paré y atravesé el salón y me senté a tu lado, y comencé a hablar contigo, me respondiste amablemente algunas veces, otras veces no me respondiste y al terminar la clase nos fuimos. Tu por tu lado, y yo por el mío, por primera vez.
Aunque lo normal en mí es no hablar con extraños, y menos sentarme a su lado e iniciar yo la conversación, creo que lo hubiese buscado nuevamente en alguna otra clase de no haber sido por mi novio, paranoico y absorbente por completo. Que aunque no estudiaba la misma carrera que nosotros, ni en la misma facultad, tenia el poder de hacerme creer que sus ojos estaban por doquier. No tenía de que preocuparse, en aquella época yo no tenía ojos para nadie más.
Poco supe de Juan en los siguientes 4 años, solo que era percibido por los demás en los pasillos como un ser extraño e inteligente, que no hablaba con nadie, que no tenía amigos, al que nunca habían visto con una mujer, que era un “rockerito”, que siempre andaba solo, con audífonos y que siempre siempre parecía andar sucio. Verdades mezcladas con verdades exageradas y con mentiras; después de todo, bien sabemos que pasa cuando encierras a mucha gente en un mismo espacio por mucho tiempo. También sabemos que pasa cuando uno va saliendo de una relación, se pierde un poco la cordura. Más si eres muy joven, y si es una relación tormentosa de esas siempre recordadas y nunca bien ponderadas, que terminan con destrucción de bienes materiales, maltrato psicológico y orden de caución por el medio. Habían pasado pocos meses luego de haber terminado con mi novio, y, la verdad, es que no sé que me pasaba.
Una tarde estando sentada con Nay en el cafetín, lo vimos a lo lejos sentado, solo, en un banquito, escuchando música y leyendo.
¿Qué le pasará a ese chamo?
¿Por qué?
Bueno porque siempre anda solo...
¿Cuál es el problema con andar solo?
No es que sea un problema, pero el siempre siempre anda solo, no lo ves nunca con nadie... ¿tendrá amigos?
No sé. Una vez hablé con él, me pareció normal.
¿Sí?
Sí.
(Fue entonces cuando se me ocurrió esa genial idea, que no tenía nada de genial)
No vamos a apostar, pero yo voy a ser su amiga. Ya verás, voy a ser amiga de Juan.
Perdón. Hoy lo único que se me ocurre es pedirte perdón Juan. Perdón porque los amigos no nacen así, por muy buenas intenciones que yo tuviera, o mejor dicho, aunque no tuviera malas intenciones no debiste ser un reto. Jamás.
Dejé a Nay y me acerqué a él, lo saludé, me devolvió el saludo pero creo que en verdad no sabía quien era yo, además de una cara en el pasillo. Hablamos, no era difícil, ya lo habíamos hecho una vez. Le pregunté que escuchaba, me dejó escuchar de sus audífonos. Le pregunté que estudiaba, me enseñó. Fue un caballero, y yo me quedé rato largo con él, hablando. Creo incluso que ese día quedamos en encontrarnos al día siguiente para algo, no sé, pero las cosas se fueron dando poco a poco. Empezó a ir a mi casa, primero a estudiar, luego a hablar peperas, luego a pasar la tarde. Y nos convertimos en amigos.
Me sorprendió Juan, era un ser muy inteligente, sensible, artístico, educado y con ese lado del que todos hablaban, menos nosotros dos.
Yo -que además no andaba en mi mejor época- debo tener un problema con los hombres, creo que envío las señales equivocadas. Suele pasarme. Estoy con un hombre, con el que no quiero más que una amistad, y de pronto se enreda la cuerda. El anuncio del desastre salió de la boca de mi madre un día que llegó a visitarme y Juan estaba allí, lo conoció, hablaron un rato y luego, a solas, me dijo: No juegues con él. A lo que respondí: no sé a que te refieres. Y de verdad no lo sabía.
Pasaron las semanas y comenzamos a ver Psiquiatría, así que nos encontrábamos frecuentemente en el hospital, y un día me llamó a mi casa, y así, de la nada, sin previo aviso, sin pedir permiso, me dijo que yo le gustaba. Eso fue todo. Luego cortó la llamada.
Plop.
Al día siguiente me lo encontré en el psiquiátrico. Estaba sentado, solo por supuesto, en la entrada. Y yo, como era costumbre ya, me senté a su lado. Hubo un silencio ensordecedor por unos minutos hasta que me dijo que sobre lo que me había dicho el día anterior, que lo olvidara por favor, que el no solía hacer esas cosas, que no sabía que pasaba por su mente, que me olvidara de eso, que quería que todo siguiera igual que antes de esa llamada.
Ok.
El problema, Juan, de tu llamada, el problema del cual nunca te enteraste, es que eras el único amigo que tenía. El único hombre en ese momento de mi vida con el que no tenía nada más que una amistad, en el que podía confiar. El problema fue que yo estaba ya vuelta un nudo, y tu llamada fue perjudicial, en demasía, porque se había enredado la cuerda nuevamente. Sí... solía pasar.
Todo siguió igual. Seguíamos estudiando, seguíamos hablando, seguíamos escuchando música y eventualmente me invitó a su casa. De esa casa recuerdo lo grande que era, y la soledad que allí se sentía. Su mamá nunca estaba, y su hermano –que era todo lo contrario a él- era como un fantasma. Recuerdo también el hueco en la madera de la puerta del pasillo, el cual, me contó, hizo con su puño en medio de una pelea. Y su cuarto, con la pc encendida perpetuamente, cds por todos lados y la cama a medio hacer. Fue en esa cama donde lo besé por primera vez. ¿Por qué? No lo sé. Así de absurda andaba en aquellos días.
No hizo falta que me lo dijeras para saberlo. Nunca habías besado a nadie. Nunca habías abrazado a nadie, no como me abrazabas a mí al menos. Nunca habías ido a pasar horas interminables en una casa. Nunca habías cocinado una merienda, ni habías estudiado con una chica. No con una chica que te gustara. Nunca te habías quedado a dormir en una casa que no fuera la tuya. Nunca habías fumado marihuana. Nunca habías visto un carro incendiarse en el estacionamiento de un edificio –yo tampoco-.
No fue necesario que me lo dijeras porque lo veía en tus ojos. Lo vi cuando te quedabas toda la noche mirándome mientras dormía y acariciando mi cabello y mi mejilla, tan delicadamente que de haber estado dormida no lo hubiese sentido. Cuando no querías moverte porque podías perturbar mi sueño. Lo vi el día que cuando sentada a horcajadas sobre ti me besaste y me dijiste que me quer.. y puse mi dedo índice sobre tu boca y con cara muy seria te dije que nunca más me dijeras te quiero. Y el día que con tu barbilla hundida en mis senos querías seguir descendiendo y te dije que no.
Y te dije que no, Juan, y nunca te dije que estaba despierta, y nunca dejé que me dijeras que me querías, porque tenía miedo. Porque estaba desplomada, en medio de un naufragio. Porque nunca planeé que las cosas resultaran así, y no estaba orgullosa de los resultados. Porque tenía además una vida paralela que no conocías. Porque salía con otras dos personas que ni te imaginabas que existían. Personas a las cuales casi no veía, que eran nada para mí, pero que estaban allí. Y tú, tú si eras algo. Y también estabas allí. Y yo, en serio, tenía miedo, miedo de que me quisieras, que te acostumbraras a mí. Ya suficientes primeras veces habías tenido conmigo, no podía permitir que tu próxima primera vez fuese conmigo también, con alguien que aunque te quería no actuaba acorde a sus sentimientos, con alguien que en ese momento no se tenía permitido amar. En definitiva, con alguien tan autodestructivo, tan tóxico como yo. No te lo merecías. Tampoco merecías que no te apartara y que te tuviera allí jugando un estúpido juego de límites. De verdad Juan, no sé que pasó, no soy así. Al menos no era así antes de todo eso, ni he sido así después. Discúlpame por no haberte dado lo mejor de mí, sino una parte detestable de mi persona a la cual ni yo quiero volver a ver, pero creo que en ese momento no podía tampoco ofrecer nada mejor. Creo que lo que nos pasó fue lo que llaman por ahí un bad timing.
Sé que no es excusa. Debí haber escuchado a mamá.
Juan se dio cuenta de ese bad timing.
Vinieron las vacaciones y con las vacaciones la lejanía. Yo me fui a visitar a mi mamá y un día regresé a Maracaibo a hacer unas diligencias y lo fui a visitar. Estuve sola la mayor parte del tiempo, sentada en su cama, mirando la ventana, pensando que iba a hacer. Cuando me iba le pedí un vaso de agua, y ya en la cocina me cargó y me sentó en la mesa. Me besó. Me colocó el cabello detrás de la oreja, me miró un rato y me dijo que me iba a extrañar. Le dije que no fuera tonto, que no me iba a mudar. Y cuando llegué a casa recibí una llamada suya: Es mejor que no nos veamos más.
Juan nunca más me habló. Después de eso múltiples veces me lo encontré en la facultad, y en esos dos años que siguieron hasta que nos graduamos sin importar que hiciera yo él nunca me dirigió la palabra. Me paraba frente a él, muy cerca, y le decía hola, y nada, ni un sonido, solo la mirada por encima de mi hombro. Me atravesaba en el pasillo y él seguía de largo, le gritaba su nombre y jamás volteó.
Supongo que es justo.
Y como la vida da muchas vueltas, más de las que queremos, luego de un año de graduados, al volver de Margarita y ya trabajando como residente de medicina interna en el hospital, Juan entró como residente de cirugía en mi equipo de guardia. Yo quería que la tierra se abriera en dos y me tragara, incinerarme en el centro era lo que necesitaba. Todo nuestro trato se resumió a: “Por favor evalúame x paciente” “Firma acá” “Le hice tal cosa a x Sr.”. "Pásame esto" "Pásame aquello". Hasta que un día lo encerré en Trauma Shock, y le pregunté si nunca pensaba hablar conmigo. A lo que me respondió que no.
No hay nada que se pueda hacer contra eso, así que esa fue la ultima vez que hablamos. Luego me fui del hospital, han pasado dos años y no lo he visto más.
Pero hoy pasé frente a tu casa y recordé que lo único que quería decirte es: discúlpame.