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Murmurium .

 

Monday, December 14, 2009

Epitafio imperfecto

Ayer me harté de la inoperancia, de la ineficacia, de la ineficiencia, de la impunidad. Me cansé de la negligencia, de la desidia, de la indiferencia. Me harté tanto que me provocó vomitar. Saciada del vacío. Me sentí como cuando como más de lo que mi estómago puede contener, cuando no puedo respirar de la llenura y mis respiraciones se hacen rápidas y superficiales, que necesito eyectar ese malestar.


Tu agonía y finalmente tu muerte, Libia, desataron mis monstruos y algunos de mis fantasmas. Inyectaron vida a un lado muy mío que la vida me enseñó a mantener solapado; porque a nadie le gusta la sinceridad y menos cuando viene envuelta en papel de un color azul cianótico, es decir, moradito.


Pequeñas dosis de veneno. Comencé por enfermería, seguí con el residente de neuro, y esta mañana nada más y nada menos que con el adjunto, y jefe de servicio de neurocirugía. Este último hasta se ganó un informe de mi parte.


Solo fue hasta que me derrumbé en el hombro de Kaya esta mañana que lloré, y fue un triste llanto, y no es que haya llantos alegres (aunque sí, creo que si hay) sino que fue triste en calidad y cantidad. Justo en ese momento pasó el susodicho adjunto de neurocirugía y se me quitaron las ganas de llorar, solo me provocaba gritarle “no estoy llorando por ti, huevón”. Y es que él y todo lo que representa, que es todo un sistema, todo un nudo de complicaciones por deficiencias –sobretodo humanas- solo se merecen esta arrechera. No lágrimas.


Tú si te las mereces, Libia. Gracias por enseñarme tanto.





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Thursday, November 19, 2009

Cansancio

Cansado.
¡Sí!
Cansado
de usar un solo bazo,
dos labios,
veinte dedos,
no sé cuántas palabras,
no sé cuántos recuerdos,
grisáceos,
fragmentarios.

Cansado,
muy cansado
de este frío esqueleto,
tan púdico,
tan casto,
que cuando se desnude
no sabré si es el mismo
que usé mientras vivía.

Cansado.
¡Sí!
Cansado
por carecer de antenas,
de un ojo en cada omóplato
y de una cola auténtica,
alegre,
desatada,
y no este rabo hipócrita,
degenerado,
enano.

Cansado,
sobre todo,
de estar siempre conmigo,
de hallarme cada día,
cuando termina el sueño,
allí, donde me encuentre,
con las mismas narices
y con las mismas piernas;
como si no deseara
esperar la rompiente con un cutis de playa,
ofrecer, al rocío, dos senos de magnolia,
acariciar la tierra con un vientre de oruga,
y vivir, unos meses, adentro de una piedra.




Oliverio Girondo





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Tuesday, October 13, 2009

Juan

Hoy pasé frente a su casa. Aunque algunas veces paso por ese sector nunca tengo la necesidad de pasar frente a su casa -hoy me di cuenta que tampoco quería hacerlo- sin embargo por un desvío en la vía principal tuve que hacerlo. Y ahora llego a casa y me siento a escribir esto porque necesito disculparme, exculparme, y cuando uno necesita disculparse pero la otra persona no quiere escucharte –que es nuestro caso- no queda mucho por hacer, excepto escribir,. Escribirlo todo y lanzarlo acá, como si del universo se tratara, para que quede flotando y quizá algún día Juan se tropiece con él.

Lamento que sea hoy, y bajo estas circunstancias -donde lo único remanente de lo que pasó hace seis años somos tu y yo, cada uno por su lado- que te diga esto. Creeme, me hubiese gustado que fuese de una manera diferente, pero necesito que sepas la verdad.
Y la verdad es que nuestra historia se remonta mucho tiempo antes de cuando comenzó para ti. Eso lo sé, porque no recuerdas, o eso me dijiste al menos, aquel día en primer año cuando me senté a tu lado y comencé a hablar contigo. El salón era grande, dos grandes bloques de asientos divididos por un pasillo amplio que iba desde lo más alto del lugar hasta el pizarrón. Yo, estaba sentada en la segunda fila a la izquierda, sola, y como química no solo me aburrió ese día sino también comenzó a hacerse inentendible me puse a mirar a mí alrededor, estaba buscando a otra persona pero me tropecé contigo, sentado, solo, en la segunda fila a la derecha. Nunca te había visto. Pero allí estabas, con un cuaderno forrado con fotos de diferentes grupos de rock, sobre el que garabateabas algo y tus converse azules. Fue entonces cuando me paré y atravesé el salón y me senté a tu lado, y comencé a hablar contigo, me respondiste amablemente algunas veces, otras veces no me respondiste y al terminar la clase nos fuimos. Tu por tu lado, y yo por el mío, por primera vez.

Aunque lo normal en mí es no hablar con extraños, y menos sentarme a su lado e iniciar yo la conversación, creo que lo hubiese buscado nuevamente en alguna otra clase de no haber sido por mi novio, paranoico y absorbente por completo. Que aunque no estudiaba la misma carrera que nosotros, ni en la misma facultad, tenia el poder de hacerme creer que sus ojos estaban por doquier. No tenía de que preocuparse, en aquella época yo no tenía ojos para nadie más.
Poco supe de Juan en los siguientes 4 años, solo que era percibido por los demás en los pasillos como un ser extraño e inteligente, que no hablaba con nadie, que no tenía amigos, al que nunca habían visto con una mujer, que era un “rockerito”, que siempre andaba solo, con audífonos y que siempre siempre parecía andar sucio. Verdades mezcladas con verdades exageradas y con mentiras; después de todo, bien sabemos que pasa cuando encierras a mucha gente en un mismo espacio por mucho tiempo. También sabemos que pasa cuando uno va saliendo de una relación, se pierde un poco la cordura. Más si eres muy joven, y si es una relación tormentosa de esas siempre recordadas y nunca bien ponderadas, que terminan con destrucción de bienes materiales, maltrato psicológico y orden de caución por el medio. Habían pasado pocos meses luego de haber terminado con mi novio, y, la verdad, es que no sé que me pasaba.


Una tarde estando sentada con Nay en el cafetín, lo vimos a lo lejos sentado, solo, en un banquito, escuchando música y leyendo.

¿Qué le pasará a ese chamo?
¿Por qué?
Bueno porque siempre anda solo...
¿Cuál es el problema con andar solo?
No es que sea un problema, pero el siempre siempre anda solo, no lo ves nunca con nadie... ¿tendrá amigos?
No sé. Una vez hablé con él, me pareció normal.
¿Sí?
Sí.
(Fue entonces cuando se me ocurrió esa genial idea, que no tenía nada de genial)
No vamos a apostar, pero yo voy a ser su amiga. Ya verás, voy a ser amiga de Juan.

Perdón. Hoy lo único que se me ocurre es pedirte perdón Juan. Perdón porque los amigos no nacen así, por muy buenas intenciones que yo tuviera, o mejor dicho, aunque no tuviera malas intenciones no debiste ser un reto. Jamás.

Dejé a Nay y me acerqué a él, lo saludé, me devolvió el saludo pero creo que en verdad no sabía quien era yo, además de una cara en el pasillo. Hablamos, no era difícil, ya lo habíamos hecho una vez. Le pregunté que escuchaba, me dejó escuchar de sus audífonos. Le pregunté que estudiaba, me enseñó. Fue un caballero, y yo me quedé rato largo con él, hablando. Creo incluso que ese día quedamos en encontrarnos al día siguiente para algo, no sé, pero las cosas se fueron dando poco a poco. Empezó a ir a mi casa, primero a estudiar, luego a hablar peperas, luego a pasar la tarde. Y nos convertimos en amigos.
Me sorprendió Juan, era un ser muy inteligente, sensible, artístico, educado y con ese lado del que todos hablaban, menos nosotros dos.

Yo -que además no andaba en mi mejor época- debo tener un problema con los hombres, creo que envío las señales equivocadas. Suele pasarme. Estoy con un hombre, con el que no quiero más que una amistad, y de pronto se enreda la cuerda. El anuncio del desastre salió de la boca de mi madre un día que llegó a visitarme y Juan estaba allí, lo conoció, hablaron un rato y luego, a solas, me dijo: No juegues con él. A lo que respondí: no sé a que te refieres. Y de verdad no lo sabía.

Pasaron las semanas y comenzamos a ver Psiquiatría, así que nos encontrábamos frecuentemente en el hospital, y un día me llamó a mi casa, y así, de la nada, sin previo aviso, sin pedir permiso, me dijo que yo le gustaba. Eso fue todo. Luego cortó la llamada.

Plop.

Al día siguiente me lo encontré en el psiquiátrico. Estaba sentado, solo por supuesto, en la entrada. Y yo, como era costumbre ya, me senté a su lado. Hubo un silencio ensordecedor por unos minutos hasta que me dijo que sobre lo que me había dicho el día anterior, que lo olvidara por favor, que el no solía hacer esas cosas, que no sabía que pasaba por su mente, que me olvidara de eso, que quería que todo siguiera igual que antes de esa llamada.
Ok.

El problema, Juan, de tu llamada, el problema del cual nunca te enteraste, es que eras el único amigo que tenía. El único hombre en ese momento de mi vida con el que no tenía nada más que una amistad, en el que podía confiar. El problema fue que yo estaba ya vuelta un nudo, y tu llamada fue perjudicial, en demasía, porque se había enredado la cuerda nuevamente. Sí... solía pasar.

Todo siguió igual. Seguíamos estudiando, seguíamos hablando, seguíamos escuchando música y eventualmente me invitó a su casa. De esa casa recuerdo lo grande que era, y la soledad que allí se sentía. Su mamá nunca estaba, y su hermano –que era todo lo contrario a él- era como un fantasma. Recuerdo también el hueco en la madera de la puerta del pasillo, el cual, me contó, hizo con su puño en medio de una pelea. Y su cuarto, con la pc encendida perpetuamente, cds por todos lados y la cama a medio hacer. Fue en esa cama donde lo besé por primera vez. ¿Por qué? No lo sé. Así de absurda andaba en aquellos días.

No hizo falta que me lo dijeras para saberlo. Nunca habías besado a nadie. Nunca habías abrazado a nadie, no como me abrazabas a mí al menos. Nunca habías ido a pasar horas interminables en una casa. Nunca habías cocinado una merienda, ni habías estudiado con una chica. No con una chica que te gustara. Nunca te habías quedado a dormir en una casa que no fuera la tuya. Nunca habías fumado marihuana. Nunca habías visto un carro incendiarse en el estacionamiento de un edificio –yo tampoco-.
No fue necesario que me lo dijeras porque lo veía en tus ojos. Lo vi cuando te quedabas toda la noche mirándome mientras dormía y acariciando mi cabello y mi mejilla, tan delicadamente que de haber estado dormida no lo hubiese sentido. Cuando no querías moverte porque podías perturbar mi sueño. Lo vi el día que cuando sentada a horcajadas sobre ti me besaste y me dijiste que me quer.. y puse mi dedo índice sobre tu boca y con cara muy seria te dije que nunca más me dijeras te quiero. Y el día que con tu barbilla hundida en mis senos querías seguir descendiendo y te dije que no.
Y te dije que no, Juan, y nunca te dije que estaba despierta, y nunca dejé que me dijeras que me querías, porque tenía miedo. Porque estaba desplomada, en medio de un naufragio. Porque nunca planeé que las cosas resultaran así, y no estaba orgullosa de los resultados. Porque tenía además una vida paralela que no conocías. Porque salía con otras dos personas que ni te imaginabas que existían. Personas a las cuales casi no veía, que eran nada para mí, pero que estaban allí. Y tú, tú si eras algo. Y también estabas allí. Y yo, en serio, tenía miedo, miedo de que me quisieras, que te acostumbraras a mí. Ya suficientes primeras veces habías tenido conmigo, no podía permitir que tu próxima primera vez fuese conmigo también, con alguien que aunque te quería no actuaba acorde a sus sentimientos, con alguien que en ese momento no se tenía permitido amar. En definitiva, con alguien tan autodestructivo, tan tóxico como yo. No te lo merecías. Tampoco merecías que no te apartara y que te tuviera allí jugando un estúpido juego de límites. De verdad Juan, no sé que pasó, no soy así. Al menos no era así antes de todo eso, ni he sido así después. Discúlpame por no haberte dado lo mejor de mí, sino una parte detestable de mi persona a la cual ni yo quiero volver a ver, pero creo que en ese momento no podía tampoco ofrecer nada mejor. Creo que lo que nos pasó fue lo que llaman por ahí un bad timing.

Sé que no es excusa. Debí haber escuchado a mamá.

Juan se dio cuenta de ese bad timing.

Vinieron las vacaciones y con las vacaciones la lejanía. Yo me fui a visitar a mi mamá y un día regresé a Maracaibo a hacer unas diligencias y lo fui a visitar. Estuve sola la mayor parte del tiempo, sentada en su cama, mirando la ventana, pensando que iba a hacer. Cuando me iba le pedí un vaso de agua, y ya en la cocina me cargó y me sentó en la mesa. Me besó. Me colocó el cabello detrás de la oreja, me miró un rato y me dijo que me iba a extrañar. Le dije que no fuera tonto, que no me iba a mudar. Y cuando llegué a casa recibí una llamada suya: Es mejor que no nos veamos más.

Juan nunca más me habló. Después de eso múltiples veces me lo encontré en la facultad, y en esos dos años que siguieron hasta que nos graduamos sin importar que hiciera yo él nunca me dirigió la palabra. Me paraba frente a él, muy cerca, y le decía hola, y nada, ni un sonido, solo la mirada por encima de mi hombro. Me atravesaba en el pasillo y él seguía de largo, le gritaba su nombre y jamás volteó.
Supongo que es justo.

Y como la vida da muchas vueltas, más de las que queremos, luego de un año de graduados, al volver de Margarita y ya trabajando como residente de medicina interna en el hospital, Juan entró como residente de cirugía en mi equipo de guardia. Yo quería que la tierra se abriera en dos y me tragara, incinerarme en el centro era lo que necesitaba. Todo nuestro trato se resumió a: “Por favor evalúame x paciente” “Firma acá” “Le hice tal cosa a x Sr.”. "Pásame esto" "Pásame aquello". Hasta que un día lo encerré en Trauma Shock, y le pregunté si nunca pensaba hablar conmigo. A lo que me respondió que no.
No hay nada que se pueda hacer contra eso, así que esa fue la ultima vez que hablamos. Luego me fui del hospital, han pasado dos años y no lo he visto más.

Pero hoy pasé frente a tu casa y recordé que lo único que quería decirte es: discúlpame.

Thursday, October 01, 2009

2

Hay mujeres que tienen un don. El coqueteo, el flirteo. El don de lanzar un anzuelo y agarrar una presa. Ludómanas eróticas con lenguas de látigo. Yo en cambio, creo que carezco de ello. Soy naturalmente torpe para esas cosas que se necesitan en el juego de la seducción. Además, casi soy vegetariana, no me interesan las presas.

Mi apartamento es pequeño, muy pequeño. Tiene 53 metros cuadrados apenas. Una sala/cocina, un estudio un cuarto y un baño lo conforman. En este momento está hecho un desastre. En la sala hay carteras, maletas y zapatos. En la cocina parece que hubiese hecho comida para un batallón. Las puertas de la ducha están en el estudio y también todos mis jabones, lociones, esponjas, cepillos dentales y mi único cepillo –para el cabello por supuesto-. Es que rompieron mi baño, por eso todo está como está. Usualmente no es así, procuro mantenerlo limpio y ordenado, sin mucho éxito según mi madre... (suspiro) Sí. Acabo de lavar los platos, la cocina se ve despejada ahora. ¿sabes? mi cocina tiene una gran ventana por la cual se ven muchas matas de mango y es blanca con gris y negro. Estoy segura te gustaría. Y en el estudio hay un sofá en el que todo el mundo se acuesta. Mi sofá es famoso por ser cómodo. Incluso comencé a hacer una serie de fotos llamada “En el sofá”, que muestra a todo aquel que entra a mi casa y se echa allí a, bueno, por lo general es a dormir, pero también a ver tv, leer o a mirar el cielo por la ventana (como hago yo de vez en cuando). Paso mucho tiempo en el sofá, aunque en honor a la verdad no es én el sofá, sino en el área donde está el sofá, ya que suelo sentarme en el piso, a hacer lo mismo que hacen los que se acuestan en el sofá. Y bueno estaba hoy sentada, acá, donde siempre, mirando el cielo por la ventana, escuchando la tv y leyendo algunas fotografías y de pronto me cansé. Me cansé de estar en el mismo lugar. Así que me paré y me fui a la cama, me senté allí, en posición india y pensé que me gustaría que estuvieras acá conmigo. Creo que fue la luz entrado a borbotones a través de la cortina y pintando de amarillo/naranja todo el cuarto, el ambiente seco y el caos circundante. Quiero compartir eso contigo. Hacerte un té. Imposible que no te guste, a todos mis amigos les gusta mi té. Podría hacerte uno como el que me estoy tomando ahora, te con canela cítrica más medio limón y dos sobres de Splenda. También estaría bien si no te gustara, o si quisieras azucar normal. En caso tal que no quisieras te yo sí me haría una taza, y me encantaría sentarme contigo, a tomármela, en el sofá, del que tendríamos que quitar una cartera y algunos libros. Que me hables, por largo rato, que nos riamos. Me gusta escucharte. Pero si quisieras quedarte en silencio también estaría bien. Puedo disfrutar el silencio. Sería además una novedad no estar estando a estar no estando. Quiero compartir mi baño, medio destruido, contigo. El agua saliendo disparatadamente y mojándolo todo. Y el hueco del piso. Con tal, no va a estar allí para siempre, y tu, estoy segura, me harías olvidar por completo el crater que ha comenzado a formarse en la ducha. Y mi cama, quiero que te acuestes en mi cama, conmigo o sin mi, porque es confortable y segura y si el sueño te venciera estudiaría a tu lado, siempre y cuando no te moleste la luz. Me gustaría hacerte un desayuno ¿no te provoca? Una tortilla blanda rellena de mozarella, tomate, aceite de oliva y orégano, con un vaso de jugo de mango con fresas, por ejemplo. O tostadas francesas para salirse de la dieta. Amo las tostadas francesas. Quiero compartir mi vida, mi día a día, un pedacito de mí rutina contigo. Quiero que me conozcas, y que luego decidas si quieres volver a visitarme... entonces, no sé, sé que no suena muy divertido, pero ¿quieres venir?






Escoge un lugar.

Quiero darte un beso.

Allí.

Donde se te atragantan las noticias.

Donde se te ahogan los gritos.

Donde nace tu risa.

Donde me quedo sin aliento.

Donde la lava de tu ira se derrama.

Donde convergen tus arroyos encendidos.

Allí.

Quiero darte un beso.


Solo si tu lo haces primero.






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Wednesday, August 12, 2009

So(mos)n curiosos los humanos. Como se rien, como se mueven. El lenguaje corporal. Me gusta observarlos. Dos personas que caminan separadas pero casi rozando sus hombros. O el hombre que mira a la mujer, sonrie y ella estira la pierna hacia el, sin que el se de cuenta, por debajo del escritorio y la acerca a su silla. Luego le extiende un papel. O la chica que sentada en espera escribe compulsivamente en su celular y eleva la vista de cuando en vez, mientras el vigilante a su vez la mira con mirada desconfiada mientras camina de derecha a izquierda con las manos metidas en los bolsillos. O el chico que inclina la cabeza a la derecha y extiende su brazo sobre la mesa para que una mano se pose sobre la suya. O el muchacho que apoya su codo sobre la mesa y su cara sobre la mano, cruza las piernas, se inclina, fastidiado. O el que entra, mirando por encima de sus lentes hacia todos lados y se queda parado en el medio de todo sin saber a donde ir, a quien preguntar. O la chica, que sentada de piernas cruzadas pasa la punta de la lengua por su diente roto, se muerde el labio inferior en su tercio externo derecho, se mira las uñas, revisa su cartera, y decide escribir lo que ve porque no tiene nada más que hacer. Ha abandonado todos sus vicios.

Thursday, August 06, 2009

The fool on the hill

"But the fool on the hill,
Sees the sun going down,
And the eyes in his head,
See the world spinning 'round."



¿Sabes cuantos años llevo recorriendo esa Avenida? Diez al menos. Y ¿sabes cuantas veces he pasado frente a ese hotel? Probablemente cientos de veces. ¿Cuantas he entrado? eso te lo dije, ninguna. ¿Cuantas veces me han hablado de ese restaurant giratorio? varias, no muchas. Sé que la ultima persona que me habló de él fue Walfranio; fue a comer allí con su familia, y me decía que tenía que ir, que me iba a llevar, que en el día abren todas las cortinas, y que se ve de un lado la ciudad y del otro lado el Lago, que se mueve y ni cuenta te das, y que no podía vivir en Maracaibo y no solo no haber ido, sino no ir en el futuro.Pero nunca me llevó, y yo nunca fuí. Lo conocí el día que viniste.
Es un poco curioso, yo tengo años viviendo acá y no lo conocía, tu vienes por primera vez -porque pienso que es la primera vez que vienes- y lo conoces en la que quizá fue tu segunda hora en esta ciudad. Me gusta el hecho de que hayamos conocido ese lugar el mismo día, a pesar de ser nuestras vidas tan divergentes, por decirlo de alguna manera.

Tenía años sin verte. Literalmente. Algunas veces, y siempre exagerando, alguien dice por allí que tenía años sin ver a alguien cuando no lo han visto en semanas, o meses. Pero no es este el caso, en verdad tenía años sin verte. Casi un lustro (12/3). Y se me ocurre pensar que no es insólito que decidiera, en vez de hablar contigo, mirarte.

Me gusta mirarte.

Y me gusta mirar también las cosas a mi alrededor. Cosa para la cual el restaurant, en su girar, se presta maravillosamente.

¿Viste el lago? o su negrura mas bien, con los farolitos en el agua y las luces de los barcos. Recordé todas las veces que me quedé viendolo en las interminables colas en el puente, todas las que se pudieron formar en dos años de ir y venir. Recordé que iba camino al trabajo a las 6 y media cuando vi hacia la derecha y me di cuenta que el agua y el cielo estaban del mismo color, tanto que no había horizonte, y te sentías dentro de una burbuja, como si pudieras palpar la redondez del mundo. Recordé también la vez que me quedé varada en una cola, de noche, y el agua, que se veia negra, estaba llena pequeñas lanchitas camaroneras, cientos de ellas, y parecía una noche llena de constelaciones.

¿Y la avenida que te enseñé? la que en algún punto lleva a mi casa. Me encanta manejar en esa avenida. No es muy amplia, pero bordea la zona norte de la ciudad, y tiene curvas muy tenues, y es larga y sabrosa para manejar, como si fuese una tira de seda sobre el piso. Me sorprendió lo curvilínea que es, porque se siente mucho más recta al manejarla. Pero claro, no es lo mismo ver las cosas de cerca a verlas de lejos (suspiro) el mundo debe ser inmensamente redondo.

Me gustó el ambiente retro del restaurant, debo confesar. No porque sea retro per se, sino porque te hace divagar. Al principio resulta un poco perturbador, las formas cuadradas dentro de lo redondo, que además gira. La música ambiental tipo karaoke, por la que siento un profundo desprecio, con un volumen demasiado alto para mi gusto que poco a poco se fue haciendo inaudible, y haciendo evidente lo demás, hasta que nos fuimos, momento en el cual emergió con "The Fool on the Hill" - que buena manera de concluir la velada-. El bar/cocina de color marrón, blanco y dorado, y la lámpara, que parecia incrustada en el techo, de cuadritos amarillos y blancos. O la lamparita azul que nos separaba. Una vez en Margarita encontré en una tienda una lamparita así, solo que esta tenía un ganchito del cual colgaba un óvalo de vidrio verde dentro del cual se colocaba una velita. Era hermoso, y me costó 5.000 Bs, pero lo partí pocos minutos después saliendo de una tienda cuando golpeé la bolsa que lo contenía contra el filo de una puerta. O el techo con ese sistema de bombillitos diminutos, de los cuales de cada 10 prendían 4 y que pretendían emular al cielo en una noche estrellada. Lo cual me lleva nuevamente a las lanchitas camaroneras con sus farolitos en la oscuridad. También recordé los viajes a la granja de tía Romi, donde se podían ver las luciérnagas. ¿Alguna vez has visto luciérnagas?




Son



maravillosas




También me gustó escucharte. Me encanta tu voz, tenía mucho tiempo sin escucharla. Es una voz muy agradable. Tiene el toque justo de dulzura, sin perder su dejo amargo.






Me hubiese gustado completar la vuelta. Pararnos en el mismo lugar en el que nos sentamos. Nunca estuvimos en el mismo lugar desde el momento en el que llegamos, cada segundo era un lugar distinto, en el espacio. Cosa que curiosamente se adapta perfectamente a nosotros.

¿No te parece a veces que la vida es como el tetris?













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Tuesday, June 02, 2009

Ojalá fuese más fácil escribir esto, pero no lo es. No lo es porque es de esas cosas que se gestan durante meses, durante años en verdad, al ir a dormir y al despertar, en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia tan lleno de confusa lucidez. Comienza en la cabeza y se esparce por todo el cuerpo. A veces siento que se expande en medio del pecho, otras veces, y generalmente a la hora de dormir, se concentra en ese punto anterior y sur de la pelvis donde todo parece comenzar y terminar. Mentiría si dijera que es un deseo sexual, porque va mucho más allá de eso, pero debo confesar que en ciertas ocasiones coloco mi mano allí y me acuesto de lado, con las piernas lo más juntas posibles tratando de calmar el dolor, como tratando de retener mis entrañas ansiosas. En algunas ocasiones se me hace dificil conciliar el sueño. Mas no es así todo el tiempo.

Me encantaría deglutir lo que pasa con mayor facilidad, sin embargo es una tarea enrevesada porque es algo que guardo para mí. Un misterio silencioso cuyas causas, y efectos, son desconocidas para los que me rodean. No solo por lo arduo que es explicarlo, sino también por la imposibilidad de los demás para entenderlo. Como tratar de explicar un recuerdo olfativo, o el sabor de un vino. No se puede traducir en palabras lo que está tatuado en el alma.
Tratar de descifrar el momento en el que nació es un engaño, así como me engaño al decir que el tiempo hará su trabajo y eventualmente desaparecerá. Simplemente ha pasado el tiempo necesario para que haya desaparecido. Pero ¿quién puede decir con certeza el tiempo que debe tomar? Con el paso de los días, de las semanas, de los meses, de los años solo se va definiendo y afianzando. Ha ido creciendo. Se torna imperecedero.
Y digo esto último porque partiendo del hecho de que toda reacción requiere un estímulo me he dado cuenta que esta reacción en mí no necesita un estímulo constante para ir acrecentandose con progresión aritmética. Lo que la hace perfectamente perdurable en el tiempo.

El tiempo. Con el riesgo - y casi certeza, pues suelo estarlo - de estar equivocada: remontarse en él suele ser un recurso mal utilizado. Me parece un muy común error humano pensar que el pasado está lleno de hechos que pudieron ser mejores si se hubiese hecho algo distinto a lo que hizo. Yo prefiero pensar en lo que haría hoy día ante la imposibilidad de cambiar el pasado.
Hablaría menos y escucharía más. El sonido de la voz, los sonidos lejanos de la calle, la respiración y su ritmo, los latidos, el silencio. Al cual le dedicaría más tiempo. Observaría más, la luz que entra por las ventanas, los colores circundantes, el cabello, la piel, las sombras. El batuqueo de las pestañas y su hermosa confusión. El color de los ojos y su mirada. Sentiría más, el sabor, las texturas, la temperatura. Me concentraría en los pequeños detalles. Como un ciego abriendose a un mundo de sensaciones. Un párpado que se cierne sobre el gozo.


El mundo está tan contaminado y esto que pasa es tan puro en su génesis y desarrollo que como se podrá entender no lo puedo obviar. Y no es un capricho, porque en los caprichos no se razona, y esto que pasa rebosa de una razón taladrante. Tan taladrante es que suelo hundirme en la rutina para aplacar un poco su taladrar, pero hay noches en las que me atrapa. Como estos días vulnerables en los que llego a casa a desnudarme, a quitarme las salpicaduras de un mundo demasiado absorto en lo superfluo. Como hoy.






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Saturday, May 30, 2009

Esbelta, longitud y anchura en hermosa proporción fusionadas por un istmo cadencioso. De elegante vestir cruza los espacios flotando, la rapidez de sus movimientos, la ligereza de su cuerpo, la presteza de sus pasos, sus pies de gasa. Todo confabula en su flotar. Su caminar felino, la negrura de su cabello, el ademán de sus manos que se estiran a apretar la noche. Oscura aceituna su piel, con ojos de esmeralda y mirar de princesa wayuu que rinde todo a su redor con su efluvio frutal.
Domina al desierto, dibuja mandalas en los médanos. Etérea, pinta pentagramas en el cielo.





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© ベル< 2007